Ese espacio vacío que dejó la debacle conservadora había desmembrado las experiencias colectivas. El potencial emergente del 2001 trajo nuevos debates en torno al espacio público, en torno a la pelea por la dignidad y la autovaloración comunitaria.
La ciudad es sobretodo el espacio público donde el poder se hace visible,
donde la sociedad se fotografía,
donde el simbolismo colectivo se materializa. La ciudad es un escenario,
un espacio público que cuanto más abierto esté a todos,
más expresará
la democratización política y social.
Jürgen Habermas
Estas son reflexiones para poder discutir,
charlar, ver con mirada de generalidad lo que todos usamos, vivimos a diario.
Que pensamos cuando decimos espacio público?, Quien define cual es el espacio
público?, Desde donde se respeta los límites del espacio público?
El
espacio público existe para ser apropiado por la gente. Desde la antigüedad, calles y plazas han sido
el lugar del encuentro, el intercambio y la deliberación, del debate político.
Si consideramos en el ámbito urbano el espacio público como
el encuentro de la cultura urbana y de la ciudadanía; Las calles, las plazas,
los parques, etc son la materialización de
la relación entre habitantes y sus distintas relaciones de poder ( algunos deciden que tu calle se como es y
otros lo validamos usándola todos los días).
La ciudad como sistema de calles y plazas,
infraestructuras de comunicación, zonas comerciales, equipamiento cultural (es decir los diferentes lugares de
apropiación de la gente que permiten acceso y encuentro dándole sentido a la
ciudad) se convierte en la principal imagen de lo simbólico y
político como ámbito físico de la expresión colectiva.
Esta expresión colectiva debería
contemplar el deseo de un espacio público como el encuentro
social posible y garantizar con igualdad para diferentes colectivos
sociales, culturales y de género. Dentro del sistema de la ciudad: los barrios cerrados, los cercos electrificados, la primacía del transporte individual, plazas
enrejadas, la segregación poblacional no hace más que consolidar el ideario conservador con sus intereses y miedos retroalimentándose en la oposición
a los cambios y la diversidad. Así la ciudadanía transita el desinterés por lo público y se encierra, reflejando la estructura de sociedad que tenemos.
Sin embargo, unx laburante que no tiene acceso
individual a influencias de poderosos, o de carísimos sistemas de vigilancia privada, se sostienen en la práctica comunitaria que puede potenciarse con la participación activa del estado. La falta de esa dinámica estatal potencia esa mirada negativa de los sectores privilegiados, en la certeza que la función del Estado no favorece los
intereses populares.
No deberíamos
dejar el desarrollo urbano a la libre competencia y a los valores ecónomicos
del mercado. El rol del estado en la orientación de las políticas de diseño y realización de espacios públicos resulta sustancial. No se trata de una cuestión técnica ni de un debate de urbanistas;
es un debate de valores culturales: convivencia o aislamiento, justicia
social o desigualdad, igualdad cívica o anomia.
Con 30 años de
democracia representativa, continua subsistiendo una estructura
autoritaria y segregatoria del espacio público que sólo será posible superarse con
propuestas organizadas en torno a las necesidades populares para su definición y determinación.
La planificación del espacio urbano,
especialmente del barrio como concepto cultural y territorial, entrega una
dimensión que puede resultar
determinante a la hora de definir nuevas orientaciones. Sobre todo por el
aprovechamiento del enorme capital social que existe, o su creación a través de
políticas de fomento social. Es necesario ser concientes que el reto del
espacio público es un desafío presente y que nunca podremos considerar que
hemos ganado definitivamente.

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